octubre 7

Cursos de aerografía en Academia C10: una historia de amor, tutorial de David

Cursos de aerografía en Academia C10: una historia de amor, tutorial de David

Un frío y seco día de Diciembre, mi amigo Jorge me ofreció conocerla, me habían hablado de ella, de cómo todos la miraban, de cómo exhibía sus curvas por el barrio.

A mi por supuesto me gusto la idea, más aún cuando Jorge me dijo: ¨puedes hacer lo que quieras con ella, a mi no me importa, somos amigos¨.

¿Cómo? El cigarro se me cayó de las manos cuando Jorge empezó a decirme que estaba aburrido de ella, y que estaba seguro de que, darle una ¨alegría¨ sería una solución a su falta de interés y quien mejor que yo para dársela.

Aunque tenía dudas de cómo podría acabar esta historia, ya que nunca antes me habían ofrecido algo tan atrevido, Jorge insistió en que fuera a su casa a las seis de la tarde, allí estaría todo preparado para mi encuentro con ella. Corrí a casa cual guepardo a acicalarme como si de ello dependiera el resto de mi vida, todo tenía que ser perfecto.

Descargue mi cámara de fotos, pues tal situación requería tener pruebas.  Si, pruebas porque aunque se que es sucio y de poca clase, esto tenía que contárselo después al resto de mis amigos, y sin fotos, ¿quién me iba a creer?. De hecho llamé a otro amigo para adelantarle el acontecimiento, era incapaz de contenerme, y éste me exigió que hiciera muchas fotos del ¨asunto¨, porque también estaba alucinando.

Llegó el momento y fui a casa de Jorge, era un chalet, toqué el timbre con las manos sudorosas por la tensión, y una voz femenina me dijo desde dentro: ¨ ¡ya va! ¨ , respiré profundo y se abrió la puerta, para mi sorpresa la voz femenina era la madre de Jorge, lo cual me descuadró bastante.

Fue en ese justo momento cuando escuché una voz desagradable que venía del garaje: ¡Gafudo, aquí abajo!, por el grado de respeto de la frase, supe que se trataba mi amigo Jorge. La puerta del garaje se abrió y allí estaba ella, pulcra como la nieve virgen…

Se llamaba Yamaha R1 y era impresionante. En seguida me puse manos a la obra:

Jorge quería la replica de un casco bien bonito que tenía, el trabajo era complicado por la necesidad de simetría y la falta de medios. Aún así me aventuré a ello.

Coloqué la pegatina de línea directamente sobre el blanco en las zonas que finalmente quedarían blanco, y marqué los semicírculos en rojo y lo deje secar, un buen rato, pues al tener poca densidad la pintura del aerógrafo, es preferible darle tiempo, (hay varias muy buenas, son acrílicas, buscar en internet o en tiendas de aerografía, su precio oscila entre cinco y siete euros).

Tras el secado coloqué la cinta sobre el rojo, ésta protegerá la línea roja final. Después cubrí la zona que no quería pintar de azul, rellené de azul, e hice lo mismo con la zona que iba de negro. Unos difuminados azul metalizados sobre el azul oscuro, tal y como iba el casco. Bien, la replica iba viento en popa, había que quitar las cintas de las líneas blanca y roja.

Si os dais cuenta hasta ahora no he hablado de preparación ni de imprimación de la moto, lo cual es mala señal ya que esto debería ser la base del trabajo.

¡HORROR! Al levantar las cintas, veo como se van llevando consigo la pintura de alrededor.

Había cometido dos errores de libro:

Primero: Las piezas eran nuevas y en teoría estaban bien imprimadas, mi fallo fue confiar en esto.

Segundo: Lo primero que debí hacer es consultar a algún profesional de la chapa y pintura, que por algo son profesionales, al fin y al cabo preparar un casco y decorarlo, son dos cosas bien diferentes.

¿Y ahora qué? Ahora resulta que todo lo que había hecho hasta el momento no valía para nada, más de ocho horas perdidas.

¿Perdidas? Noooo. Había aprendido más de lo que creía, aunque por supuesto no llegué a este pensamiento hasta que no lo tenía todo acabado.

Si pero… ¿y ahora qué?

Ahora se me llenan los ojos de fuego, lanzo improperios contra todo lo que pasa por la mente y me imagino arrugando las piezas con mis propias manos como si de papel de arroz se tratase.

Finalmente, preferí irme a casa a flagelarme mentalmente por mis imprudencias.

A la mañana siguiente comprendí que una aventura sin imprudencias no es una aventura sino una excursión. Y a mi me gustan los obstáculos.

Volví a por ella lleno de energía, había estado viendo muestras de motos pintadas en internet, había sufrido varios ataques epilépticos viendo trabajos de Mike Lavalle, estaba preparado.

Me costó convencer a Jorge de hacerle fuego azul, y de hecho el pobre al principio seguía dudando, pero ya no había vuelta atrás. Imprime las piezas con una imprimación de plástico en spray color negro.

Había que darle otra mano para cubrir todo el color rojo de abajo. Ese mismo negro lo utilicé como fondo aunque al final le diera un poco también con negro acrílico. Con un azul oscuro, hice unas llamas a mano alzada y con el aerógrafo un poco separado para que fuera más difuminado que líneas marcadas.

Cogí unas postales y las corte con un cutter, con diferentes curvas, largas, pequeñas, profundas, cerradas, abiertas… Con un azul más claro que el anterior, fui usando las plantillas, marcando ya las llamas más reales, procurando alternar la forma y posición de las plantillas para no repetir las imágenes.

No me gustaba demasiado que todas tuvieran el corte agresivo de la plantilla, así que suavice algunas con unos trazos por encima a mano alzada. Con el azul más claro fui creando luces en el principio del fuego y en determinadas llamas. Sobre éstas últimas también le di un poco de blanco para sacarlas aún más.


Por último pensé en dar un pulverizado de azul a todo para darle un aspecto más gaseoso.

Bien, parecía que ya casi estaba, Jorge quería poner la marca pero con un estilo de letra diferente, ¡que se notara que éramos unos piratas!

Un tercer camarada se unió a esta cruda misión y nos sacó unas letras bien curiosinas en pegatina, y a ello.

Las recorté y la pinté en blanco total, planas sobre el negro, que pareciera una pegatina y ¡por fin!

De repente Jorge se subió al capó del coche y puso el garaje perdido de cava barato, fue entonces cuando supe que estaba terminado.

¡Que nervios, ya sólo faltaba el lacado! Algo tan especial lo tenía que tratar un profesional, lo llevé al taller most-auto de Móstoles y allí la trataron como se merecía.

Un perlado azul que le dieron fue la gota que colmó el vaso, mis dioptrías llegaron a la centena al ver el efecto que le daban a mis llamas.

Allí fui sermoneado por Juan Carlos con razón porque las piezas eran de fibra de vidrio y yo le di una imprimación de plástico.

Debería haber sido una de gran dureza me dijo. Al lijarla entre mano y mano de laca le toco retocar los bordes de las piezas en las zonas negras. Otra cosa más que anotar. Vuelvo a lo mismo, por eso son profesionales.

¡A montar las piezas y ver el resultado final!

Y así quedó, parecía que acababa de cruzar una tubería de gas, se me doblaban las rodillas, soñé que era mía, la abracé.

Solo faltaba poner la cara que merecía el momento.

Siempre será la primera, aunque la monten otros llevará mi huella para siempre y eso me consuela.

David.

Producción:
David a las pinturitas y las quejas.
Jorge García a la paciencia y las meriendas.
Carlos Navarrete a la informática y la impresión-ante.
Talleres Mostauto a las pistolitas y los mimos. Contratación: mostauto@hotmail.com

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Etiquetas:
2019. Garcalia

Publicado 7 octubre, 2019 por titogus in category "Off-Topic